martes, 29 de mayo de 2012

Mi vida cuando estoy durmiendo


En el bar, el ambiente está tranquilo, se escucha el tintineo de alguna cuchara sobre la cerámica de las minúsculas tazas de café y el susurro de conversaciones a media voz. Shakira está de este lado, del de los clientes. Piqué, al otro lado de la barra, viste como un camarero complaciente y bromea con ella ostensiblemente. Shakira da media vuelta a su butaca, dando la espalda a su enamorado, y dirige su mirada hacia nuestra mesa. Intercambia varias palabras con nosotros. Es sorprendentemente agradable. A Piqué no parece hacerle gracia nuestra breve y animosa conversación y nos lo hace saber. Su chulería no nos sorprende a ninguno de los presentes. Al cabo de un rato nos despedimos tanto de él como de ella y nos vamos a otro bar. Al llegar al nuevo establecimiento comprobamos con regocijo que una obra teatral se está llevando a cabo. Los camareros instan a la clientela a participar, todo son buenos modos y risas, sin embargo, nadie de entre los clientes se anima. Es cuando de nuevo Piqué entra en escena, nuevamente como camarero. En este nuevo lugar su rol también es el de actor. Con cierta ironía socarrona menosprecia la pasividad de los clientes consiguiendo que yo, henchido de orgullo herido, me decida a entrar en barrena. Replico sus palabras siendo más agudo, él me reprende con cierta camaradería forzada. Otro camarero con más gracia entra en acción y tras un tira y afloja dialéctico conseguimos implicar a todo el establecimiento. Convenimos con los camareros-actores que el guión sobre el que se funda la improvisación de la obra debe cambiar y que habría que añadir características a la historia mucho más afines a lo que el cine español nos tiene habituados. Así pues le propongo a Piqué que su papel de galán al viejo estilo hollywoodiense debería ser totalmente distinto y que ahora debería representar a un travestí que quiere entrar en un convento para conocer a su verdadero padre. Siendo su padre la madre superiora, todo esto, por supuesto, subraya otro cliente, ambientado en la guerra civil y con la intercalación obligatoria de una escena de destape. Alguien propone a una camarera de indiscutible atractivo que sea ella quien se desnude. La sala aplaude atronadoramente esta propuesta. Tras acabar de discutir los detalles y antes de que empiece la representación, decidimos marchar, pues nos están esperando para hacer una pequeña excursión.

Ya en el monte, nos perdemos entre árboles. Está anocheciendo, así que acampamos bajo las estrellas. Al amanecer un tipo que no había visto nunca me propone un cambio de look. Acepto de buen grado. Saca la navaja, la afila con convencimiento y procede a mi afeitado. En un rápido movimiento de abajo a arriba, a contrapelo, despeja totalmente el lado izquierdo de mi cara. Es un movimiento seco y eficaz, pero con tan mala baba que la primera incisión ha sido menos superficial de lo debido y me hace un pequeño corte a la altura de la yugular. El resultado es exagerado. Empiezo a sangrar copiosamente. Todo son barreños de agua y trapos y toallas para limpiar y contener la hemorragia. Todo tejido y apretón es poco para frenar la sangría. Un charco rojo me envuelve, sin embargo, no hay dolor en el corte ni demasiada angustia. Por fin pasa la hemorragia y con mucho cuidado el desconocido prosigue con su tarea. Por fin afeitado, observo como no sólo me ha quitado la barba si no que me ha dejado un peinado bastante extravagante pues la cuchilla también se ha paseado por mi cráneo. A pesar de la sangría y de lo extraño del nuevo look estoy encantado, la verdad es que me resulta muy molón. Continuamos camino, esta vez ya de vuelta a casa.

Cuando llego a mi hogar es ya de noche, estoy agotado así que decido ir a dormir. Es cuando me meto en la cama cuando presiento que algo anda mal. El ambiente está cargado, la atmósfera es asfixiante, sin embargo, la sensación de pesadez no es aplastante, es más bien etérea e incluso se podría decir, aunque sonase contradictorio, que es incluso liviana. Sí, es una pesadez liviana, como ausente, una pesadez que se sabe que está ahí si bien no se siente conscientemente, como una asfixia desalojada. Es entonces y sólo entonces cuando, perdido en estos pensamientos, presiento que hay algo más, que no estoy solo en casa. Algo me dice que en alguna de las habitaciones de esa casa que es mía si bien no se parece en nada a mi verdadera casa hay alguien más. Me incorporo y paso a recorrer una a una todas las habitaciones. No hay nada. Escucho un ruido al otro lado del pasillo, de pronto emprendo el vuelo y con muy poco esfuerzo me dirijo raudo a aquella habitación. No hay nada. Recorro sobrevolando la estancia, situado apenas unos centímetros por debajo del techo, todas las salas, una y otra vez y otra vez, hasta que al fin descubro que en una de ellas, en la zona central de mi piso, hay alguien que se oculta bajo las sábanas de la estrecha cama que allí aparece. Me acerco sigiloso, aterrizo a los pies de la cama, extiendo mi brazo sobre el cuerpo que se oculta bajo las sábanas, agarro las telas y tiro fuertemente hacia arriba a fin de descubrir al intruso. Siento entonces que alguien ha tirado de las sábanas hacia arriba y cuando despierto encuentro la oscuridad que me envuelve y como durante el sueño me he destapado (o una mano invisible lo ha hecho). Las sábanas yacen sobre el suelo, como un cadáver del que solo quedan vestigios en forma de cenizas y harapos. Así es como transcurre mi vida cuando estoy durmiendo.


Así habló Il Estatore.

sábado, 12 de mayo de 2012

Arraigada desconfianza


-         Maestro, confieso mi arraigada desconfianza aún en tiempos de bonanza, es una suerte de prudencia basada en la experiencia, como una buena amortiguación. Confieso, sin  embargo, que ello me genera también ciertas dudas, me planteo la posibilidad de que esa salvaguarda provoque una tendencia, que la desconfianza genere de alguna manera la experiencia futura, la posibilite, que aquello contra lo que me protejo suceda básicamente porque pienso que puede llegar a suceder. Tal vez si me olvidará de desconfiar, tal vez si dejará de un lado la prudencia nada ocurriría y la experiencia cambiaría. Tal vez para peor, pero tal vez no. Quizá y sólo quizá tal vez para bien o incluso para mejor.
-         Te entiendo, joven. Llevamos mucho tiempo caminando de aquí para allá, todos juntos y sospecho que nuestras virtudes y nuestros defectos se han uniformizado y que todos sufrimos y gozamos de lo mismo y de igual modo. Miraros a los ojos es reconocerme en vosotros, aprendo tanto de vuestras vicisitudes como vosotros de las mías. Hemos dejado ya de ser maestro y discípulos, todos somos Il Estatore. ¿No crees?
-         Así es y que así sea, oh maestro. Es un honor escuchar sus palabras.
-         Un honor y una desgracia, joven discípulo.
-         La vida es sin duda gracia y desgracia.
-         La vida es, muchacho, simplemente, lo demás no son más que nuestras estúpidas y egoístas apreciaciones.
-         Maestro, vislumbro una esperanza en sus dejes, nunca he dejado de hacerlo, incluso en sus discursos más negativistas. ¿Es eso una simple apreciación estúpida y egoísta?
-         Lo es pero además es acertada. Nunca he perdido un ápice de esperanza. En esa desconfianza de la que me hablabas también existe esa esperanza vana o no, el deseo secreto de que un día la experiencia te lleve por otros caminos y te enseñe nuevas sendas. Yo como tú y como todos los demás discípulos tampoco he perdido la esperanza. Está ahí, flotando en el ambiente, forma parte de lo que respiramos, sin ella estaríamos perdidos, definitiva e inexorablemente perdidos. Este vagar sin sentido tendría aún menos sentido.
-         Pero maestro, ¿no estamos ya perdidos?
-         Sí, joven, pero no estamos solos. Una cosa es estar perdidos y otra es no pertenecer. Estamos perdidos pero todos somos hijos huérfanos de la lógica, nos reconocemos, pertenecemos, esa es nuestra esperanza, nuestra tabla de salvación. Esa es nuestra bonanza, en los peores momentos deberíamos siempre recordarlo. Estamos perdidos, todos nosotros, y nuestra perdida es nuestro punto de encuentro, por eso no estamos definitiva e inexorablemente perdidos. No sé si me explico.
-         Como un libro abierto, maestro, pero uno de lectura extraña.


Il Estatore rió, luego llevándose la mano a la cabeza se despidió marcialmente de su discípulo y se perdió en las profundidades del bosque.
Así habló Il Estatore.

lunes, 16 de abril de 2012

Una visita al Infierno


- Hola, buenas noches. Il Estatore más cuatro. En la lista de Lilith.

- Un momento, por favor… Muy bien, adelante. Bienvenidos al Infierno.

- Ya veréis, os va a encantar. En algunas salas hace mucho calor y en otras mucho frío. No hay término medio, pero eso es lo de menos. Lo de más es la gente, os encontraréis como en casa.

- Maestro.

- Dime, muchacho.

- Nada, simplemente quería agradecerle un poco de algarabía de vez en cuando. Tanto vagar por los campos y los desiertos empezaba a ser tedioso.

- Tienes razón, joven discípulo. De tanto ir de aquí para allá sin oficio ni beneficio bien parecemos santurrones y no se trata de eso. Nuestro paso por la vida no debe llevarnos a la santidad como tampoco a la depravación. Estamos aquí para disfrutar de nuestra condición humana, de aciertos y de errores, de privaciones y excesos, de Cielo e Infierno. Hoy toca olvidar el reposo y dejarse arrastrar por la algarabía, utilizando tus mismas palabras.

- Sí, maestro, Tobías tiene razón. La verdad es que ya iba siendo hora y agradecemos que nos haya escogido a nosotros para esta visita cultural al Infierno.

- Marcial, muchacho, yo sé bien que entre todos mis discípulos Tobías y tú sabréis valorar en su justa medida lo que el Infierno tiene a bien ofrecernos. En cuanto a Pepón… Bueno, tú has venido porque creo que buena falta te hace un poco de agitación y buenas libaciones. Me preocupas, chaval, me preocupas.

- Sí, maestro, reconozco que todo esto me viene grande. Lo mío siempre ha sido la introspección y la vida ordenada, el caos me aterra y todo lo que veo aquí se me antoja entrópico. Lo espontáneo, lo no analizable me es extraño. No sé bien que hago aquí pero entiendo sus motivos. Trataré de dejarme guiar por sus buenos consejos, siempre sabios, y por la experiencia de Tobías y Marcial. Pero, oh ilustre, ¿quién es esa tal Lilith que nos ha metido en lista?

- Un súcubo, la primera esposa de Adán que abandonó el Paraíso y se unió con varios demonios en el Mar Rojo. Si alguna vez has tenido sueños cochinos, la habrás conocido. Ella está siempre detrás de éstos.

- ¿La conoceremos, maestro?

- Bueno, eso depende de vosotros. Está por ahí, mezclada entre la gente, tal vez en todas y cada una de las mujeres que están aquí en el Infierno con nosotros.

- ¿Tú irás a buscarla?

- No, yo tengo una cita con Satán. Hace días que no nos vemos y tenemos cosas que contarnos.

- ¿El gran demonio?, ¿el ángel caído? ¿Podremos conocerle a él?

- No lo sé, es muy suyo para sus cosas. Lo mejor que podéis hacer es pasearos por aquí, abrir bien los ojos y aprender de todo lo que veáis. Conocer el mal es una lección fundamental. El equilibrio es un estado compensado, tiene dosis de bien y de mal y sin el conocimiento de esos dos extremos no es posible alcanzar ese punto medio que se ajusta a cada uno de nosotros. En fin, disfrutad, muchachos, esta es vuestra noche perversa. No os estéis de nada. Yo tengo asuntos pendientes, nos vemos a la salida.

Y así se perdió Il Estatore en las profundidades del Averno y sus discípulos honraron a Afrodita y a Eros, a Dioniso, a Venus, a Pan y brindaron por Lilith y sus demonios.

domingo, 1 de abril de 2012

A ciegas

¿Cómo tener fe en medio del frenesí? ¿Cómo creer en algo si todo se empeña en mostrarse vacuo? ¿Cómo confiar en lo absoluto si a nuestro alrededor todo parece efímero?

Entre ráfagas de luces estroboscópicas o en una esquina a penas alumbrada por el reflejo de una tenue luz de neón… ¿Cómo tener fe? ¿Cómo confiar en que haya algo que realmente tenga sentido? Un sorbo más a la cerveza y la realidad espumosa se me muestra nuevamente en su versión más canalla, más cruda: una realidad sin adobos, sin especias, sin conservantes ni colorantes, una verdad sin manufacturar. Una vez más, la confirmación de una necesidad, el postulado de Camus: “Je n'ai jamais pu croire profondément que les affaires humaines fussent choses sérieuses”. ¿Cómo iban a serlo? ¿Cómo iba a existir algo realmente serio en medio del sinsentido? Si existe algo absoluto, algo real, si existe un trascendente, realmente permanece oculto, lejano, fuera del alcance de los asuntos humanos. En esta humanidad, en la sociedad que nos rodea todo es vacuo, carente de densidad, intangible, como arena que se escurre entre los dedos, como polvo en suspensión.

Bajo un Sol de mediodía o a la sombra de un árbol en un parque… ¿Cómo esperar lo inesperable, lo que no existe? ¿Cómo buscar algo que está lejos y oculto, algo que no se puede ver ni tocar, algo que no se puede entender? Si todos confesáramos nuestros deseos, si abriéramos de par en par las puertas de lo inconfesable mostrando nuestras dichas y desdichas, el infinito se llenaría de un inmenso silencio: miles de voces suplicantes, jadeantes, un estruendo tal que saturaría nuestros sentidos y se percibiría así, como un inmenso silencio, y en realidad lo mismo vendría a ser que no decir nada. Todo simples y humanas disconformidades, egoísmos personales, frustraciones necias, deseos corrompidos. Inmundicia y necedad: asuntos humanos…

¿Y si todo es un error o una cortina de humo? ¿Y si el ruido, el frenesí, las luces, el Sol, el neón, el árbol, la ciencia, la metafísica, Albert Camus y la puta de la esquina no son más que ruido? ¿Y si el absoluto, lo trascendente, está ahí, detrás de toda esa porquería? ¿Y si zambullirse en el lodo es lo que realmente importa, si lo que nos sana de la vacuidad es el vacío en sí mismo? ¿Y si eso es el nirvana? Si los asuntos humanos no son, como realmente pienso, cosas serias y no obstante existe algo realmente serio, ese algo es algo que no es un asunto humano, si la verdad trascendental no es un asunto humano ¿cómo llegar hasta ella desde un cuerpo humano, desde un alma humana tan atribulada como cualquier otra?

Nuevamente me siento débil, fraccionado, incapaz de saber qué pensar ni qué hacer, buceando en la nada… Nuevamente así hablo Il Estatore.

jueves, 22 de marzo de 2012

Gota a gota

Gota a gota, gota a gota, gota a gota… incesantemente, como una tortura, como la llamada gota china. Tu cuerpo rígido, atado, fijado y una gota que cae constantemente sobre la cabeza. Primero es la molestia, el agobio, la tortura psicológica; luego el dolor físico. El goteo constante y sin cese reblandece tu piel y comienza a perforar el cráneo. Pero normalmente la paciencia no soporta hasta entonces, el dolor físico es lo de menos. Estar fijado, no poder dormir a causa de ese goteo interminable sobre la frente, la sed acuciada por el estrés y por la proximidad del agua, inalcanzable para la boca. Gota a gota. Gota a gota, gota a gota… la incesante tortura del día a día, de una ausencia repetida mortalmente, la locura de una soledad espinosa, la una piel de lija… Aquí hay tiempo para todo y para todos, tiempo para divertirse pues no puede ser de otra manera. El error es no zafarse de ese goteo sin fin, de esa tortura insistente, de llamadas sin prefijo, de sueños sin afijos, El error es no mirar alrededor y darse cuenta de que el mundo se mueve, unas veces para mal, otras veces para bien, muchas sin rumbo… da igual, el caso es que se mueve. La tortura es esa inmovilidad, estar atado frente a la amenaza de la gota, rígido frente al cotidiano cambiante, imperceptiblemente cambiante, pero cambiante. Tan imperceptible como la gota, que también en río y es mar y también fluye.

En los albores de la derrota-nada existe una victoria-todo que todo lo puede y nada consigue, esa una nada que es todo y que todo puede serlo, es lo que queramos que sea, es vida tal cual, tan seria y tan absurda como la vida misma. El goteo está en nuestras manos, no se puede ser víctima y verdugo. Y ahí está ese sueño, con ese incesante goteo a un lado, removiendo por dentro no se sabe muy bien el qué. Y ese despertar agitado en medio de la tormenta consciente por un momento de que se está haciendo lo adecuado y de que no hay razón para torturas medievales. Un café, una ducha, un recuerdo agradable y todo vuelve a la normalidad de un día que nunca acaba y que nunca debería acabar si no es para mejor y para otra cosa, si no es para soñar despierto, si no es para morir de pie.


Así balbuceó Il Estatore, hablando entre bostezos, colgado del sopor de una tarde de esas que llaman a la siesta.

jueves, 1 de marzo de 2012

Las huellas de un dios mundano

Otra vez lame el mar la arena en la orilla de la playa, otra vez borra las huellas de unos pasos anónimos. Con su beso de espuma y sal cicatriza las marcas sobre la fina arena, desaparecen en dos lametazos esos pies, como desaparecieron con olas pretéritas otros pies de otras pisadas, de otros pasos ahora anónimos.

Y de nuevo a mi cabeza viene el recuerdo de una azotea con vistas a una ciudad, de una persiana graffiteada en el cruce de dos calles, de un estrecho camino sin asfaltar en algún lugar perdido, de una pared en una oscura sala, de un inmenso parque, de una acequia que corre paralela a un río, de un árbol de grandes ramas, de un baile de disfraces, de calles decoradas, de un banco al lado de una parada de autobús, de una tienda de campaña, de un ascenso por una calle adoquinada, de un paseo por la playa, de un tranvía, de dos cañas en una mesa redonda, de un té calentándose en un microondas, de un edificio en ruinas… recuerdos indistintos de éxito y fracaso, imágenes que ya no dicen nada, pasos borrados por las olas, cicatrizados por espuma y sal, instantes anónimos de una vida pasada.

Me suspendo en el vacío y no siento nada, ni siquiera esa necesidad insana de asirme fuertemente a un clavo ardiendo clavado en la nada más absoluta. Me suspendo en el vacío y no siento ese abrasador incendio interno que lleva consigo el sentimiento-nada, el cero existencial. La nebulosa que me envuelve es sólo eso, vacío a mí alrededor pero sólo ahí fuera, externo e intocable, ajeno. Nada de todo ese vacío penetra, nada de todo eso queda dentro o al menos, no en apariencia o al menos, no en este momento.

Miro hacia atrás y la nostalgia me despierta una sonrisa estúpida, una vana alegría adolescente. Miro hacia delante y allí lejos, en la distancia, más allá del horizonte, veo el torpe planear de una esperanza tenue y vaga. Miro mi ombligo, miro el aquí y ahora, y no veo nada en especial: nada malo, nada bueno, sólo lo que hay y lo que hay, como todo en esta vida, podría ser mejor pero también peor. Hay cierta paz en el ambiente, se escucha el canto de unos pajarillos. Observo en mi mano derecha como se forma una pequeña bola de fuego, siento su calor sin quemarme. Primero es del tamaño de una nuez, luego crece hasta aproximarse al de una manzana. Cierro los ojos y respiro. La bola se deshace sobre mi mano, como si fuera mantequilla, extendiéndose por la palma y difundiéndose por todo el brazo, rodeando mi cuerpo que ahora es todo fuego. Concentro toda esa fuerza exotérmica en la base de mis pies y salgo disparado hacia el cielo. Atravieso la atmósfera y como una estrella fugaz, como un cometa, me dirijo al infinito, me pierdo en las estrellas.

Soy un dios, uno más entre los millones de seres humanos. Un dios con sus propias tribulaciones, con su impura eternidad de cristal, tan impura y carente de divinidad como todas las demás naturalezas de los demás dioses que me rodean y que habitan este Olimpo que es el mundo y que sois cada uno de vosotros… Y vosotros, mis fieles discípulos, ¿a quién seguís? No seguís más que a un hombre.

Aquí estoy en medio de la nada, rodeado de nada, observando el todo que es el mundo y sintiéndolo tan mío como vuestro. Aquí estoy de nuevo en la encrucijada viendo como las olas borran las huellas de esa otra vida mía que es mi pasado y como tras una roca sigue la playa, sigue la orilla por la que andar y por cuyo paso el mar borrará mis huellas y con ellas mi futuro pasado, poco a poco, hasta que se confunda nuevamente en la nostalgia. Sólo hay camino hacia delante, los dioses construyen y olvidan, siguen adelante. Los dioses no son más que hombres. Fieles acólitos, discípulos de la nada, no seguís más que a un hombre que lo que ansía es seguir viviendo, esto es, seguir errando.

Así habló Il Estatore entre místico y asceta, un poco perdido entre lo new age y lo absurdo.

viernes, 24 de febrero de 2012

La mente en blanco

Y así, como quien no quiere la cosa, se aleja Il Estatore de sus acólitos, instándoles antes a que se separen también entre ellos y a que pasados unos días se reencuentren en aquel mismo lugar. La idea, según el maestro, es que cada uno medite por sí mismo el tiempo que necesite y que poco a poco vayan volviendo, cada uno según su voluntad, al lugar indicado para reunirse y esperar a los más tardíos. El gran gurú calcula que su meditación no pasará de las dos semanas, que simplemente necesita un airearse. Sus discípulos viendo marchar al maestro se sienten apenados al principio, pero luego en lugar de hacer inmediato caso a su guía deciden montar una pequeña fiesta. Se organizan rápido y traen vino y alimentos de toda la comarca. La fiesta se alarga hasta el amanecer y tras mal dormir bajo la sombra de las viñas cada uno se lleva su resaca a cuestas.

El maestro está a millas de distancia; y más allá del lugar donde se encuentra su cuerpo, su mente está a años luz del planeta tierra. Ha dejado atrás el cinturón de Orión, se ha perdido más allá de las constelaciones reconocibles, entre supernovas, y se encuentra ya en una esfera diferente, en otro universo.

¿Esto es la paz?, ¿el nirvana? Un aleteo le devuelve a la tierra, es un grifo que viene a posarse a su lado para protegerle de los males del mundo mientras él se pierde en su meditar. Regresa sin pestañear a ese otro universo dentro de su cabeza.

Pasan las semanas, su meditar se ha alargado más de lo que pensaba y 40 días con sus 40 noches han pasado cuando regresa a lugar donde sus discípulos le esperan. Están todos, llevan semanas esperándolo. Al ver que habían pasado más de dos semanas habían organizado diferentes partidas para buscarle, todas ellas sin éxito. Un par de días antes habían regresado varios de ellos tras pasar 5 días fuera buscándolo en los rincones más recónditos de la comarca. ¿Cómo iban a encontrarle si él estaba en otro lugar, en otro universo? ¿Cómo iban a encontrarle si su cuerpo estaba custodiado por un grifo?

Tras los abrazos y las buenas palabras, todos se sientan en corro alrededor de una hoguera para explicarle al maestro sus días de meditación y su reencuentro. Todos han aprendido a vivir en soledad por unos días, a depender de ellos mismos, a procurarse alimento y bebida, a satisfacer sus apetencias y a reflexionar sobre ellos mismos. Todos dicen haber aprendido una valiosa lección. Cuando le preguntan al maestro qué es lo que él ha aprendido y qué es lo que ha hecho todo este tiempo, Il Estatore, con la mirada perdida, afirma: “Nada, nada de nada, no he aprendido nada y nada he hecho. Simplemente dejé mi mente en blanco, perdida en el infinito, durante todo este tiempo. No he tenido necesidades de ningún tipo, mi cuerpo se ha alimentado del vacío de mi mente, de mi estado cataléptico. Es lo que necesitaba”.

Así vagueó Il Estatore.