La vérité, comme la lumière, aveugle. Le mensonge, au contraire, est un beau crépuscule, qui met chaque object en valeur (Albert Camus, La Chute.)

viernes 19 de junio de 2009

Dos movimientos

Hace un calor sofocante y lo que más aplasta el cerebro y el espíritu es la certeza de un verano sin descanso y una espera larga. El tiempo tiene dos movimientos: uno es un suceder pausado de las horas, monótono, pesado, casi estático; el otro, es el pasar acelerado de los días, el vértigo de una vida que se escapa entre los dedos.
No sé si las horas pasan rápidas o demasiado lentas. Parece que el día no se mueve y de pronto al echar la vista atrás uno se da cuenta que han pasado tantos días de esto y tantas semanas de aquello y tantos meses de lo de más allá y que ese tiempo apenas resulta un suspiro.
Si lo piensas un segundo los meses han ido cayendo uno tras otro, como fichas de domino: un primer impulso, un dedo ejecutor, un movimiento, simplemente un paso y todas las fichas van cayendo, una detrás de otra, en cascada. Es el movimiento acelerado que precipita los días y los acontecimientos. Pero, si lo piensas un segundo, todo está igual que hace algún tiempo, suspendido en la inmensidad de la nada. Todo está aún por resolver y lo que está resuelto nos parece obsoleto, propio de otra vida. Si lo piensas bien, nada parece haberse solucionado y todos los días parecen el mismo día errático, el mismo caminar pausado. Todas las horas parecen la misma hora aún con sus pequeñas diferencias. El tiempo parece no moverse, no transcurrir, una especie de estatismo enfermizo se instaura en nuestra cabeza, echa el ancla en todo cuanto nos rodea y nos impide ir más allá o más deprisa, nos impide hasta soñar despiertos y lo peor de todo, nos impide superar nuestro pasado, olvidar todo cuanto deseamos olvidar. Al estar parados siempre en la misma hora del mismo día, el movimiento, el tiempo, se vuelve cíclico, circular, y también así nuestro pensamiento: pensamos al mismo instante lo bueno y lo malo, lo bello y lo horrible, lo alegre y lo triste, todo cuanto nos ocurre y ha ocurrido, incapaces de olvidar y también incapaces de vivir lo nuevo, aquello que en el tiempo que estamos viviendo sigue ese otro movimiento más dinámico, el del pasar veloz de los días y de los meses.
El tiempo y su percepción tienen esas cosas, juegan con nosotros y si no somos lo suficientemente fuertes pueden incluso destruirnos. Hace un calor sofocante y el tiempo, como lo metales, se dilata. Hace un calor sofocante y el cerebro debe hacer verdaderos esfuerzos para razonar con claridad. El calor me vence, el tiempo, monótono y pesado, agarrota mis extremidades, el sofá me absorbe, me derrito y no puedo hacer nada más que observar como el tiempo, vertiginoso y fugaz, se escapa entre mis dedos mientras yo simplemente no hago nada.

Así habló Il Estatore.

sábado 6 de junio de 2009

Una vida sencilla

Fue un sueño fugaz. Soñé con una vida común en la que tenía algo que aportar a alguien, a los demás. Soñé con una vida como las de todos los demás, sencilla pero feliz, con sus preocupaciones y sus malos días pero sin las tribulaciones propias de una vida que se siente cada vez más vacía y más alejada del mundo. Con una vida sencilla, de ser humano que acepta sus limitaciones y que es capaz de compartir sus pensamientos y sentimientos más íntimos con quienes le rodean. Soñé con una vida sencilla, de hombre sencillo que se acepta a sí mismo, con sus aciertos y sus errores y que, acorde con la realidad, vive y disfruta de la vida tal y como se le presenta, sabiendo enfrentarse a las adversidades con actitud y aplomo; que no se rinde a las circunstancias, sino que les planta cara cuando y como debe hacerlo o al menos, les planta cara. Soñé un sueño fugaz de vida sencilla y común y al despertar, me reencontré con una vida solitaria de hombre ceñido a un traje gris hecho a medida, incapaz de enfrentarse con sus fantasmas, incapaz de avanzar por más que lo intente. Se aceptan poco a poco las limitaciones, se aparcan ciertos sueños absurdos y se olvidan los delirios de grandeza y sin embargo, aún parece que esperar una vida sencilla, como la de muchos otros, sea pedir demasiado. ¿Lo es?

Así habló Il Estatore, algo negativo por lo que parece…

miércoles 20 de mayo de 2009

Vivir y jugar con fuego

Cuando las luces del escenario se encienden y los aplausos terminan por consumirse, una sensación de vacuidad aparece. Nos decimos que el espectáculo ya ha acabado y que ahora toca otra cosa: salir del teatro y seguir con lo nuestro. La vida se nos plantea entonces como una sucesión de acontecimientos separados por tiempo y el tedio, y sólo nos sentimos realmente vivos justo en el instante en que lo que tenía que suceder ha sucedido. A sabiendas de que lo que luego ha de venir vendrá después de cierto tiempo, nos dejamos invadir por una sensación de vacuidad similar a la que nos sobrevenía al final de la obra.

Ahora queda un largo camino de memorias y nostalgias y de esperanzas nuevas hasta que algo nos sitúe de nuevo en la vida en sí misma; pero todo ese trecho también es vida, y hay que luchar por sentirse vivo incluso en los momentos de espera y en las áreas de descanso.

Jugar con fuego es peligroso, jugar con fuego puede hacernos daño; pero jugando, nos sentimos cerca de algo, nos distraemos, nos divertimos, podemos sentir como la espera se hace más corta; y aunque igualmente nos parezca que la vida se nos sigue escapando entre nuestros dedos mientras no se cumplen nuestros plazos, parece de alguna manera que estamos más vivos que otros y que en cierto sentido, el fuego nos curte para lo que está por venir, sea lo que sea.

La vida no debe ser aquello que les sucede a los demás, no debe ser esa estúpida representación sobre un escenario cotidiano que nosotros observamos a oscuras desde la butaca. La vida es sentir el tedio del tiempo que se escapa entre las yemas de los dedos, es sentir la espera y la agitación y la alegría o la pena que producen los sucesos, son los nervios antes de la representación y es la representación misma. La vida es también de vez en cuando jugar con fuego para no aburrirse, consciente de estar jugando con fuego y que de ahí nada bueno puede salir si no se controla en todo momento la situación…


Así habló otra vez Il Estatore sin saber muy bien de que hablaba, como de costumbre.

viernes 24 de abril de 2009

Era una tarde soleada

Era una tarde soleada. El Sol calentaba nuestra piel a fuego lento en la terraza de aquel bar en aquella plaza. Conversábamos a medias, interrogándonos sobre nuestros antiguos amigos comunes. De vez en cuando nos interrumpía el sonido de alguna guitarra y el canto sentido de algún gitano que pedía por las mesas y nos parábamos a escuchar en silencio. Otras veces sonaba alguna flauta en boca de algún joven, delgado y harapiento, acompañado de un perro alegre y juguetón. Nuestra conversación pasaba de los unos a los otros y regresaba cíclicamente a nosotros mismos, sin dar más detalles que los de rigor, sin profundizar en las penas ni en las alegrías. Estábamos contentos por habernos reencontrado tanto tiempo después y pretendíamos darnos a entender la tranquilidad de una vida plácida, sin grandes sobresaltos y no muy alejada de aquella que una vez cruzó por un tiempo nuestros caminos, igualmente alegre pero sin aspavientos. No se sabía bien si lo que pretendíamos era que el otro pensara que todo seguía más o menos igual a pesar de los cambios o si simplemente, tratábamos de auto-convencernos: si le hablábamos al otro o nos lo estábamos diciendo a nosotros mismos.

Un violinista interrumpió un momento de nuestra charla en el que nos atrevíamos a ser un poco más confidentes. Nos dejamos llevar por la música haciendo bailar nuestros recuerdos al son de su instrumento; mutuamente callados, aisladamente embebidos en nuestros pensamientos. De pronto, sentí una mirada cálida proyectada sobre mis ojos, perdidos en ese instante en oscuros giros de la memoria, y al regresar de ese yo interior, me encontré con los suyos observándome. Me miraba con cierta ternura y candidez, como si entendiera de que sombríos lugares regresaba y me entregara un manto suave y cálido con el que resguardarme de aquel frío intenso. Nos miramos sin decirnos nada. Duró un instante, luego un comentario casual nos devolvió a la conversación interrumpida, si bien no necesariamente al mismo punto en que se interrumpió, y acabamos de pasar la tarde, tostándonos suavemente al Sol y alimentando poco a poco, a fuego lento, una amistad fundamentada en la nostalgia de otros tiempos y en el cariño que estos recuerdos nos profesaban.


Así relató Il Estatore a nadie en particular, pensando que tal vez esta historia valdría para cualquiera de las personas a las que ve sentadas en las terrazas, y más ahora que es primavera y a días luce un sol de espanto, y que incluso podría valer también para él mismo, pues habitualmente y con facilidad anda enfrascado en sus pensamientos, entre otras cosas porque en parte es lo único que tiene.

miércoles 8 de abril de 2009

No quise escucharlo

No quise escucharlo, no sé si me recordó a algo o simplemente no quería saber nada más. En tiempos de crisis todo son dudas y alguien acaba pagando los platos, tal vez inmerecidamente o quizá sólo por error. Es difícil sentirse confuso sobretodo cuando la confusión viene sin avisar, cuando la seguridad en uno mismo se ve amenazada por una sombra que parece imposible de controlar. Tal vez la solución es más sencilla de lo que parece. El tiempo, se dice, suele poner las cosas en su sitio. Tal vez lo inteligente es despreocuparse, dejar que las cosas discurran, dejarse llevar sin pensar en las consecuencias, sin que sean las inseguridades las que marquen el camino; y entonces, cuando el mar se calme y las olas perezcan plácidamente en la orilla de la playa, lamiendo suavemente el contorno de la tierra con lenguas de salitre y espuma, ya se verá en que punto me encuentro y si lo que tengo es lo que quiero. Si no lo es, no es grave, desde la honestidad todo tiene solución, es una cuestión de voluntad. Hay que superar el miedo para superarse, si las cosas no acaban de ser como uno quiere ¿por qué empeñarse en que vayan a peor? Las dudas llevan a más dudas, las consecuencias que uno imagina, desde la inseguridad y quien sabe si desde el miedo, a veces nada tienen que ver con las consecuencias reales de los actos, sobre todo si se actúa tranquilamente y sin esos supuestos miedos. A veces uno piensa más de lo que debería y va más lejos y más allá, equivocadamente, haciéndose más daño del necesario y perdiéndose más cosas, quizá posibles soluciones.

No quise escucharlo. Pensé que me haría daño volver atrás y recordar en qué punto me encontraba entonces, porque quizá, haciéndolo, algo se removería en mi interior y me recordaría otras cosas que me harían sentir lo que ahora no me atrevo a sentir por las dudas, por el miedo latente heredado de las distintas inseguridades que, nacidas de otros puntos, han ido poco a poco conquistando todos los espacios de mi vida, todas las demás áreas. A veces hay que saber compartimentar para que lo que no funciona por una parte no contagie al todo y, por otro lado, atreverse a sobrepasar los propios límites.


Así se dijo Il Estatore creyéndose quien no era y habló pensando que sus discípulos le seguían, mas no era así y al darse la vuelta se vio solo en la inmensidad de la tierra que se expandía tras sus pies.

miércoles 25 de marzo de 2009

Nuevas normas

Escribamos nuevas normas para no compadecernos, la verdad sólo nos concierne a nosotros. La vida está hecha de pequeños momentos, de fragmentos rotos y de retales unidos por débiles hilos de tela de araña, frágiles y resistentes a partes iguales.
Escribamos nuevas normas para comprendernos, para sobrellevar nuestras propias cargas. Diseñemos con nuestras propias manos el árbol de la ciencia del bien y del mal y comamos juntos la manzana pues no hay pecado original al no haber dios, dios sólo es un reflejo de nosotros mismos, un reflejo tenue que nos muestra lo peor de cada uno de nosotros.

Escribamos nuevas normas y destruyámoslas, re-escribámoslas de nuevo adaptadas a las nuevas circunstancias, saltémonoslas pues las leyes también están para saltarse y corrijamos aquello que no nos gusta o que no nos compete. Huyamos del miedo y luchemos contra él cara a cara, con las manos descubiertas y la verdad de frente. La vida no entiende de corsés y tiende a desparramarse y a abrirse hueco, se nos escapa de las manos. Hay que ser sosegado y saber asirla dulcemente, mecerla entre los brazos para que no se desquebraje, adaptarse o estamparse y, a veces, subirse a la cresta de la ola. No convirtamos los juicios en prejuicios, se trata de disfrutar y estar a gusto, en la medida de lo posible; y no continuamente dudando, al amparo de normas y correcciones, dudando de lo que la vida es y nos ofrece, y de nosotros mismos... aunque tal vez dejar de dudar sea imposible, aunque no se pueda dejar de tener miedo, no por eso hay que esconderse tras imposturas y convenciones y dejar que la vida sea eso que pasa por delante de nuestros ojos y que no nos toca ni nos afecta.


Así se dijo Il Estatore y creyó que hacia bien diciéndoselo pero que difícilmente sabría hacerse caso. Y así actualizó nuevamente, pues yendo a la universidad se encontró que de nuevo había huelga y se volvió a casa para ocupar su tiempo en tonterías como ésta

miércoles 18 de marzo de 2009

AFTER SUCH PLEASURES

"Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas ni
esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas".


Julio Cortázar

Así robó Il Estatore este poema sobre aves de paso o clavos que quitan otros clavos que quitan otros clavos... y escriben poco a poco, línea a línea, una vida o una (des)existencia.