domingo 13 de diciembre de 2009

Quistes

Hay algo que supura, una herida algo infectada, un agujero de bala debajo del corazón fruto de algún disparo a bocajarro.
Hay algo que supura o eso yo quisiera. Una herida que con el tiempo enquista y se hace cada vez más grande sin que uno se dé cuenta. Y quisiera yo que supurara, pues sería síntoma de que se diluye, de que se abre paso a través de capas y capas de sebo o de tejido fibroso para por fin asomar al exterior y con suerte, desaparecer, drenarse y desparecer.
Hay algo que supura o al menos quisiera yo tener la sensación de que es así. El quiste ha ido creciendo, casi imperceptiblemente pero ahí estaba, latente, oprimiendo poco a poco mi respiración hasta dejarme casi sin aliento. El quiste ha crecido y ahora me ahoga, me asfixia y mi corazón se siente desvanecer con cada latido, mi respiración se vuelve un estertor y un hilo de voz que pide auxilio.
La herida está ahí, quise pensar que el disparo fue un simple corte sin importancia. Me lo creí y pensé que cicatrizaría por sí solo. Lo lavé con agua y jabón, le eché un poco de yodo y pensé que ya estaba curado. Lo olvidé. Alguna vez sentía picor y lejos de darle importancia me dije que era normal, síntoma inequívoco de un proceso de curación: la costra al salir pica.
Pasó algún tiempo. De pronto, algo te hace recordar aquel disparo que pensabas corte y te miras ahí, debajo del corazón y en la garganta, donde tu alma y tu voz se desgarran aunque no seas del todo consciente; y te dices que todo va bien, que la herida no está, que no queda ni cicatriz. Finges que es así, te engañas y engañas a los demás. Pero en el fondo algo te dice precisamente eso, lo que ya intuyes, que te estás inútilmente engañando. Y un día lo ves claro, la herida está ahí, sangrando por dentro, tras capas y capas de autoengaño, de estúpidas técnicas de supervivencia que en nada sirven para sobrevivir.
La dignidad te ha impedido acudir al médico para que te mirará bien la herida, pretendiendo evitar problemas mayores has asumido que la herida no la había provocado un disparo a bocajarro si no algo tan banal como un corte con un papel o con unas tijeras. Has valorado el riesgo y has considerado que no valía la pena darle a la herida mayor consideración: por dignidad, por respeto y por un buen montón de motivos fundamentados en la prudencia y en el autocontrol. Ha sido eso o el miedo a exponerte, a ser juzgado por los demás y por ti mismo. La herida, disparo o absurdo corte, podía reflejar una debilidad que no querías mostrar por miedo. Ha sido todo eso o el miedo o ambas cosas a la vez. Cobardía directa e indirecta y alguna serie de buenas razones. Sin embargo, algo te dice que en realidad sí valía la pena, aunque te niegas a escucharte, y sabes que aceptar la realidad también es aceptar que la herida existía. Todo eso ha hecho que la dichosa herida no se curara correctamente y que se enquistara una bala bajo el corazón. Todo eso ha hecho que tu alma y tu voz se fueran desgarrando poco a poco y ahora sueñas con que hay algo que supura, porque sabes, eres por fin consciente, de que la bala sigue ahí, de que fue un disparo a bocajarro y no un simple corte, de que todavía hay herida y de que hay herida para rato. ¿Irás al médico? ¿Asumirás el disparo?, ¿la escopeta?, ¿el dedo que aprieta el gatillo? ¿Dejarás nuevamente que se enquiste y esperarás y esperarás hasta que la herida supure, si es que llega a supurar?
Hay algo que supura y un estertor que se escucha en el vacío, un suspiro que pide auxilio, un corazón que se apaga con cada latido y una respiración que se ahoga en su propia existencia.

Así habló Il Estatore y es que era Domingo y los Domingos ya se sabe, si no tienes nada mejor que hacer te puedes poner a pensar y si piensas, puedes ponerte a escribir.

jueves 10 de diciembre de 2009

Nuevos sueños

Nos persiguen. A mí y a un amigo inespecífico. Llegamos a una gran estación. Un espacio abierto, amplio y brillante. Es una estación de techos altos y abovedados, antiguos. Parece una vieja estación de trenes decimonónica o de principios del siglo XX, tiene algo de centroeuropeo. La policía nos persigue. Visten de azul claro y llevan unas gorras negras abombadas, algo me hace pensar en la policía italiana.
Estamos acorralados. Entre la policía y nosotros hay un montón de civiles. Nuestro autobús está a punto de salir, llegamos algo justos de tiempo. Conseguimos robar el arma de uno de los policías, tomándolo de rehén el tiempo suficiente como para amenazar al resto con matarlo si no depositan las armas. Algunas balas silban cortando el aire. La policía deja sus pistolas y escopetas de distintos calibres en el suelo. Nos hacemos con todas, liberamos al rehén y subimos a nuestro autobús.
Dentro parecen todos asustados. Nosotros les aseguramos que nada va a pasar, que no están siendo secuestrados, que nosotros habíamos comprado nuestros billetes como todos ellos y que simplemente estábamos viajando hacia allá adonde fuera el bus. No recuerdo cuál era nuestro destino. Conseguimos tranquilizar al pasaje con nuestras palabras. La policía deja de perseguirnos al salir el autocar de la estación. Es curioso que aquella gran estación fuera tan sólo de autobuses y no se viera rastro alguno de trenes o raíles.
El viaje parece tranquilo, pero algún pasajero se inquieta. Las pistolas están metidas en una bolsa de plástico sobre una superficie plana justo delante de mi asiento. Mi compañero está más atrás. Algunas pistolas se habían salido de la bolsa y estaban sueltas y cargadas sobre la superficie. Un pasajero trata de hacerse el héroe intentando coger disimuladamente una de ellas. Me doy cuenta y le advierto, apuntándole con la que me cae más a mano. Él me devuelve el arma que había cogido y entonces veo que tiene otra en la otra mano y que trata de apuntarme desde el otro lado del asiento, así que vuelvo a advertirle con más insistencia pero transmitiendo tranquilidad y consigo así que también me la devuelva. La gente mira un tanto asustada, pero parecen relajarse al ver que todo ha quedado en nada y que nuestra actitud es pacífica.
Las pistolas tienen un aspecto singular. Son automáticas y tienen como un depósito de aire comprimido encima del cañón. Son extrañas, como de balines, pero igualmente mortíferas. De pronto advierto que el conductor suplente, copiloto en ese instante, se había hecho con una de ellas y me estaba apuntando, rápidamente me hago con una y le apunto. Él dispara primero. La bala impacta en el cabezal de mi asiento. Yo estoy agazapado. Él se cubre tras disparar. Yo disparo. Fallo. Me cubro. Son disparos sordos y el contacto del balín es seco. Tras varios disparos en una y otra dirección, yo logro alcanzarle. El disparo es mortal, pero no se ve sangre por ningún lado. Es un certero y limpio disparo en la cara, sin fealdad ni horror, sin rastro alguno de la violencia de la acción, sólo un pequeño agujero por debajo del zigomático.
Su muerte había sido innecesaria. El autocar no estaba secuestrado, sólo estábamos viajando. No tenía porque sucederle nada a nadie. El altercado previo nada tenía que ver con el viaje, ¿qué necesidad de sentirse amenazado?, ¿qué necesidad de hacerse el héroe? Siento una gran tristeza por lo sucedido, había sido todo tan estúpido…

El sueño se acaba.

Así soñó Il Estatore, un sueño sin más, sin significado que deducir, uno de esos sueños que pasan y que uno recuerda por casualidad. Así soñó una vez más Il Estatore y es que últimamente parece que sueña más de lo habitual, quizá porque duerme de más o quizá porque ante un consciente sin emociones y un tanto más apático de lo normal, el inconsciente se rebela y trata de tenerle distraído… quién sabe…

sábado 7 de noviembre de 2009

Delfines

Tengo un recuerdo vago, algo difuso. Uno, dos o tres delfines jugueteaban en el agua de algo parecido a una piscina. Emergían tres cuartas partes de su cuerpo sobre la superficie del agua y marchaban hacia atrás mientras emitían singulares sonidos. Luego se sumergían al compás bajo el agua y giraban sobre sí mismos. Recuerdo acariciar el lomo de uno de ellos mientras otro seguía con su nado rotatorio. Recuerdo que el delfín al que acariciaba volvía una y otra vez con gráciles movimientos, y como la piscina ya no era un recinto cerrado. Uno de los delfines se me vuelve a acercar y se da la vuelta, nada boca abajo muy cerca de la superficie del agua. Un reflejo plateado ciega mis ojos durante un segundo, mientras mis manos acarician su piel suave y húmeda. Me siento bien en esa piscina sin límites, es ese océano calmo en el que nadar no me agota, rodeado de simpáticos delfines que vienen a mí haciendo cabriolas.

Supongo que poco después me desperté de ese agradable sueño. A veces uno sueña y se despierta tal cual, sabiendo que ha soñado y recordando el sueño, más o menos sorprendido del poder de su imaginación o de su subconsciente, pero con el conocimiento absoluto de que el sueño no era nada más que eso, un sueño sin más. Otras veces, uno despierta con la total certeza de que lo soñado tiene un significado, ya sea como manifestación del subconsciente o como augurio, bueno o malo. No se trata sólo de que se sepa que lo soñado es algo tipificado en algún tipo de guía de interpretación de los sueños, a veces pueden soñarse cosas que se sabe o se intuye puedan tener algún tipo de descripción en tales documentos y sin embargo, uno entienda que se trataba de un sueño sin más. Se trata de que se sabe al despertar que lo soñado quiere decir algo, se sepa o no se sepa que eso pueda estar tipificado en algún lugar. Hablo del convencimiento absoluto de que lo soñado tiene un significado, hablo de un sentimiento intuitivo profundo. Tal es el caso de estos delfines de mi sueño.

Hace un tiempo soñé con otros delfines, eran negros y nadaban en libertad, dirección a la costa. Supe al despertar, recordando el sueño, que fue un simple sueño sin más. La noche previa había visto unos iguales en la televisión. Hace varios días tuve un sueño breve y un tanto escatológico, iba al baño y defecaba, defecaba mucho. Al despertar tuve la certeza de que soñar con defecar o con excrementos era uno de esos sueños que uno puede encontrar en las guías, de hecho la mente enfermiza de Freud algo había interpretado ya sobre el tema; sin embargo era plenamente consciente de que ese sueño nada quería decir, salvo que quizá simplemente tenía ganas de ir al baño. Hace un mes y pico soñé con una uña que se me rompía, quedaba partida, me la arrancaba sin sangre. Supe que algo significaba y busqué qué podía ser. No estaba claro, porque ninguno de los sueños descritos se ajustaba del todo a lo soñado pero planteaba dudas sobre mi salud y sobre la confianza en personas de mi entorno, podría decir que en estos tiempos difíciles algo de eso ha habido; lo de la salud es evidente, lo otro es más o menos discutible aunque no por ellos menos probable. No sé. Con los delfines vuelve a ocurrir lo mismo, en esta ocasión los augurios son positivos y a esa idea pretendo aferrarme. Habla mejor del entorno y sobre todo me dice que tal vez exista una buena comunicación consciente-subconsciente, un buen entendimiento. Quizá sea una estupidez, pero uno piensa que tal y como está el patio no es mal asunto aferrarse a las pequeñas cosas mínimamente positivas; y los delfines, salvo que estén fuera del agua, se asocian a la suerte...


Así habló Il Estatore, de nuevo sobre sueños y demás misticismos.

lunes 26 de octubre de 2009

Autocanibalismo metafísico

Mis personajes me comen por dentro como si fueran parásitos devoradores de carne. Pero no es carne lo que comen, se alimentan de mi alma, de mi espíritu, de lo que sea que constituya mi esencia; sea eso lo que sea. Mis personajes carroñeros se alimentan de mi espíritu indefenso, de mi alma difunta. Primero fueron grandes personajes depredadores los que me dieron caza y luego fue la carroña la que me despedazaba, la que se peleaba por los últimos trozos de mi yo místico, de mi yo espiritual, de mi yo metafísico, de mi yo mental, de ese yo que no es mi cuerpo, de ese yo que se manifiesta más allá de mi físico y también más adentro. Mis personajes me devoran y yo tengo la culpa, pues yo he sido quien ha abierto la veda, yo he sido el primero en devorarme, el primero en dar el primer y fatal bocado. Arturo ha sido el segundo, y entre los dos hemos hecho la mayor parte del trabajo sucio. Hemos sido los grandes depredadores. Luego han salido mis reflejos, pedazos inútiles de mi yo inútil. Más tarde los reflejos de Arturo, que a su vez es reflejo mío en su constitución. Y cuando parecía que ya no había nada más que consumir, que hasta los huesos de mi alma habían sido machacados, triturados y tragados por voraces cerdos metafísicos salidos de mi imaginación, entonces han aparecido gusanos, hongos, parásitos microscópicos, bacterias... es decir, toda la podredumbre que puebla mi interior, todos esos personajes sobre los que un día he escrito o he pensado, todos los seres imaginarios que he creado o que me han ayudado a crear, y las cenizas de mi espíritu que quedaban tras el perseverante trabajo porcino se han corrompido, esto es, se han descompuesto. Cabe suponer que, tras la descomposición, lo orgánico generará bienes inorgánicos que aprovecharán otras almas orgánicas, otros seres metafísicos, otras mentes... Me da que algo radioactivo hay en mi psiquis que generará cáncer en los pobres desgraciados que se alimenten de esos "bienes" inorgánicos que se desprendan al final del proceso, después de mi fatal descomposición, tras el trabajo atroz de mis personajes, el trabajo que he iniciado yo mismo con la colaboración de Arturo.

Así habló Il Estatore hace bastantes años y así lo encontró escrito por ahí. En principio está inacabado pero así se va a quedar, al menos aquí.

miércoles 14 de octubre de 2009

Un acto reflejo

Todo está listo para el gran momento. Él está decidido, absolutamente convencido. Es hora de hacerlo. Lleva tanto tiempo queriéndolo hacer, soñando con ello, diciéndose una y otra vez “ahora es el momento”.
Los motores están encendidos. La avioneta empieza a circular sobre la pista. Coge velocidad, cada vez va más y más deprisa. Despega. Todo va bien. Todo va suave como la seda. Es un vuelo agradable. ¡Él está tan contento! Sobrevuelan una apacible pradera. Es una hermosa llanura. Todo está de cara. Todo parece sencillo. Se abre una puerta. Unos papeles sueltos salen volando por ella. Él se aproxima cautelosamente, se coloca el casco y se fija bien el paracaídas. Observa la llanura desde el interior de la avioneta. Se asoma a la compuerta abierta. El miedo es un acto reflejo. Siente que debe hacerlo, que debe saltar, que es lo que más desea en este mundo. Saltar al vacío, atreverse a sentirse vivo. Es sólo un paso hacia adelante, nada difícil. Es muy sencillo hacerlo en una piscina desde el trampolín más alto o en un lago desde un pequeño acantilado. Es muy sencillo cuando no hay nada que perder, cuando no hay tanta profundidad que recorrer. Ya lo ha hecho entonces. Pero tanta altura es otra cosa: impresiona. Siente pues, que es mucho lo que tiene que perder, a pesar del paracaídas principal y del de emergencia. Sabe que simplemente es saltar y que no pasará nada: un salto, un rato de caída libre y luego tirar de la anilla y dejarse llevar hasta tomar tierra. Insiste una y otra vez en decirse a sí mismo que no tiene nada que perder, que lo más que puede ocurrir es que vaya a caer entre una pequeña arbolada o entre algunos peñascos. Si no sale bien tal vez regrese a casa con alguna herida menor sin importancia y el orgullo un tanto lastimado, pero no hay peligro real de muerte ni de nada definitivo. Todo cicatriza, hasta el orgullo.
Toma aire. Es ahora o nunca. Es lo que quiere, lo que más desea, pero el miedo es un acto reflejo… un acto reflejo… acto reflejo… reflejo… Baja la mirada, cierra el portalón y se sienta nuevamente en la banqueta. La avioneta da la vuelta y empieza suavemente su descenso. Es un vuelo agradable. El aterrizaje es plácido. La avioneta se desliza hasta el hangar vacío. Él baja de la avioneta con la cabeza gacha, se quita lentamente el paracaídas de encima y se cambia de ropa. Entra en su viejo coche y arranca el motor. Nuevamente regresa a casa con el rabo entre las piernas, sin ningún rasguño externo pero totalmente destruido por dentro. El miedo es un acto reflejo que le sume en la inacción.

Así calló Il Estatore.

Paloma, Andrés Calamaro: http://www.youtube.com/watch?v=baziORI-BJ8&feature=related

domingo 13 de septiembre de 2009

Sueños premonitorios

Sueños premonitorios pueblan mis noches y las llenan de fantasmas. Sueños que me anuncian traiciones y llenan mis sentimientos de desconfianzas. Sueños de enfermedad que me atribulan. Nacen de un sueño irregular, de un insomnio a clapas y van acompañados de pesadillas.

El otro día, dos personas entraban en casa con un cuchillo, era uno de esos cuchillos para untar, nada peligroso, y por ello, me atrevía a pelear por mantenerlo alejado de mí, sin miedo a cortarme accidentalmente en la refriega. Querían robarme algo que no estaba en casa. Mi hermano, quien también se encontraba ahí, pactaba salir a buscarlo sin avisar a la policía a condición de que a mí no se me hiciera daño. En un momento de confusión, mientras mi hermano salía, yo conseguía dejarles fuera de casa y cerraba tras ellos la puerta, pero ellos se habían llevado las llaves. Me desperté a mitad de una titánica lucha por mantener la puerta cerrada, agotado por el esfuerzo y asqueado por el sueño intranquilo.

Esta noche he soñado que regresaba por unos días a Bruselas. Encontraba a una vieja amiga en el camino y resultaba que ninguno de los dos tenía alojamiento. Conveníamos en encontrar algo sin tener que pagar por ello, no sé muy bien por qué, y decidía llamar a conocidos que allí siguen viviendo. Encontraba un sitio, pero iba a estar lleno de gente y a los dos nos sabía mal. El sueño en sí era plácido, plagado de encuentros entrañables pero envuelto de un contexto agónico de búsqueda, de cierta desesperación por encontrar cobijo.

Sueños confusos con gatos que se acercan, uñas que se parten sin derramar sangre y horas de vueltas y vueltas sobre la cama, sin pegar ojo, que me inquietan y que me indican que algo va mal o que algo está por ocurrir. Son señales del inconsciente, signos que señalan que hay algo que me inquieta, o tal vez surgen de un sentido desconocido que de alguna manera se adelanta al presente o, solamente, son tonterías de un insomne, simples supersticiones…


Así habló Il Estatore.

domingo 30 de agosto de 2009

Un día Soleado (recordando Anochece)

Marcado por un Sol de infarto, ocultándome en las escasas sombras que proyectan las cornisas de los edificios que pueblan la ciudad, recuerdo aquella luna de hombre-lobo semiescondida tras una neblina fina y amenazante, recuerdo mis divagaciones y divago sobre ellas, cambian los rostros y los nombres y algunos se repiten cíclicamente atormentándome, apagando por un segundo los latidos de mi corazón, ahogando mi respiración. Siento que se me escapan los recuerdos, que se escabullen lentamente generando pequeños remolinos que se desvanecen aún más despacio, permanecen eternamente inalcanzables, eternamente efímeros, y sin embargo, permanecen.
Veo aquellos patos haciendo cola en Flagey, ahora son palomas correteando alrededor de un árbol en Diamant, y el negro que pasaba por la avenida Ixelles, ahora es un tipo calvo que camina medio perdido y algo cabizbajo por Torrent de l’Olla. La realidad es cambiante, y el muchacho del metro, el que tenía los ojos que yo nunca tuve, ni siquiera va en metro y ni siquiera es un muchacho. La realidad es cambiante, pero en su mutabilidad permanece intacta, se mantiene de alguna manera como si nada hubiera cambiado. Así, este Sol infinito en este día sin nubes es esa Luna de hombre-lobo tras una cortina neblinosa y los adoquines de las calles de Bruselas son el asfalto de esta Barcelona plagada de turistas. Recuerdo pensar en ti y no saber que rostro ponerte y mis dudas se convierten en una ruleta que viene del pasado y se extiende hacia el futuro, nada cambia y sin embargo, nada es cómo fue entonces ni cómo ha sido ni tan siquiera se parece a cómo será. Y no hay lluvia que moje mis zapatos, sólo este Sol que me abrasa la piel y que me aplasta contra el suelo. No sé por qué esta manía de volver andando. Quizá para no pensar en ti. No hacerlo es sencillo; total, no existes. Y así estamos, en un nuevo bucle. Quizá el por qué de andar es precisamente lo contrario, tal vez sea eso, que siempre me acuerdo de ti cuando menos lo necesito, cuando algo en mi interior me hace sentirme distinto pero igual; aunque sea por un segundo. Siempre hemos sido extraños y, sin embargo, sangre de la misma sangre de la misma sangre de la misma sangre de la misma... Siempre idea latente que bombea un corazón entristecido y gris, oscuro y lleno de estrellas en medio de un día soleado e infinito sin lunas llenas de hombre-lobo pero con sombras proyectadas que dibujan contrastes imposibles en una ciudad que extiende sus brazos hacia el mar, tratando de abarcarlo todo en un gran abrazo, tal vez con la esperanza de la redención, con la sensación de que la solución está a la vuelta de la esquina y que en la siguiente sombra tras el próximo requiebro todo puede cambiar definitivamente a mejor, aún siendo igual, aún permaneciendo. Sangre de la misma sangre de la misma…

Así habló Il Estatore, mientras recordaba un sueño sin tiempo -sin día y sin noche- del que habló en Diciembre de 2005:
http://estatore.blogspot.com/2005/12/anochece-que-no-es-poco.html